viernes, 10 de febrero de 2012

El nuevo corolario de la Ley de Murphy

Todos sabemos que por norma general, los directivos de una gran empresa son gente tremendamente atareada, sobre todo cuando se trata de asistir a eventos que no les interesan para nada. Es por esto que cuando desde el departamento de TI se tiene que hacer alguna presentación, el ponente se suele encontrar al menos con dos o tres sillas desiertas.
Así, las brillantes cifras arrojadas por los nuevos sistemas pasan inadvertidas semestre tras semestre, porque el Director Financiero tenía una comida importante con nosequién, o porque el CEO estaba volando a Shanghai para nosecuántos.
El caso es que precisamente aquel viernes ni el financiero tenía comida, ni el CEO tenía vuelos; la sala estaba repleta de jefazos con la mirada clavada en el proyector, esperando el inicio de la presentación.
Apoyado con disimulo contra el marco de la puerta, observé a José María manipulando su ordenador portátil, con la idea de ver el principio de su exposición y luego escabullirme a mi sitio.
José María me había hablado mucho del flamante proyecto de copias de seguridad durante las últimas semanas, y de la ansiada demostración que supondría la puesta en producción oficial del sistema.
- ¡Es el sistema más robusto! - decía - ¡Se acabaron los fallos con los backups! Hemos invertido dos millones y medio de euros en la aplicación, no se han escatimado los gastos. ¡Es imposible que falle! ¡Imposible!
Yo solía limitarme a asentir entre sorbo y sorbo de café, mientras anotaba mentalmente que no me podía perder la dichosa presentación. Ya he oído demasiadas veces la frase "es imposible que falle" antes de un fallo catastrófico, y estoy desarrollando una teoría que más adelante expondré.
Me acuerdo cuando Alberto y Marcos repitieron hasta la saciedad La Frase el día de la lectura de su Proyecto Fin de Carrera, antes de enchufar el pequeño transformador de su plaquita a la corriente... quemaron la instalación eléctrica y dejaron sin luz la Escuela. O cuando la pronuncié yo mismo antes de lanzar aquel script que se cepilló una base de datos que prefiero no mentar.

Y por supuesto, no puedo olvidar al jefe de mi departamento, haciendo ostentación de su flamante Blackberry Full Power Extreme mientras pronunciaba las palabras mágicas del fracaso... De hecho, estoy seguro que el tío que hace un par de años tiró abajo toda la red GSM de unafamosatelcoespañola dijo muy seguro antes de empezar a actualizar el sistema de la primera antena: ES IMPOSIBLE QUE FALLE.

La presentación comenzó, y tras un par de diapositivas PPT en las que se exponían los grandes números del proyecto, José María comenzó la demostración: conectó por escritorio remoto a la consola de gestión y pulsó el botón de lanzamiento de las copias de seguridad. Tras un par de segundos de suspense, el sistema comenzó a mostrar información sobre el progreso de las copias.
- Como les iba diciendo: es totalmente imposible que el sistema falle - anunció José María a los miembros de la Junta, mientras a sus espaldas una enorme aspa teñía de rojo la pantalla.
Mientras mi incauto compañero aporreaba con manos temblorosas el teclado, yo salí de la sala y cerré la puerta justo cuando el Director empezaba a vociferar algo acerca de que "prefería aquella mierda de las cucutipas"...
De modo que queda confirmada mi teoría. A lo que decía la famosísima Ley de Murphy: si algo puede salir mal, saldrá mal, añadiremos el Corolario de Serrano: las probabilidades de que algo salga mal, son directamente proporcionales al número de veces que se asegure que saldrá bien.

viernes, 20 de enero de 2012

Enemigos íntimos

Llevaba todo el mes con la duda dándome vueltas en la cabeza y al final no he podido más, así que ayer me acerqué a la mesa de Fernando y le pregunté sin rodeos:
- Fer, ¿qué te traes entre manos con Coloccini?
Porque algo raro tenía que haber en todo ese asunto. Coloccini llevaba ya casi un año a cargo del departamento de Gestión de Bases de Datos, y era una apuesta personal de la Dirección. Tenía un currículum estratosférico, plagado de titulaciones, cursos de especialización, certificaciones, dominio de varios idiomas e interesantísimas experiencias profesionales... un auténtico gurú de Oracle, un tío que podía soñar indistintamente en castellano, italiano, inglés o SQL. Por supuesto, su jugosa nómina bien valoraba todas sus fabulosas destrezas.
Por otro lado, Fernando llevaba más de un lustro en el departamento de Sistemas Wintel, recibiendo marrones sin parar y pidiendo un aumento de sueldo que nunca llegaba.
Pero además de la abultada diferencia salarial, las personalidades de uno y otro eran totalmente opuestas: mientras Coloccini era un tío introvertido hasta el aburrimiento, Fernando era bromista y ruidoso; si Coloccini escuchaba elegante y suave música clásica en su flamante iPod personalizado, Fernando le daba caña a Man-O-War y Blind Guardian.
Se entenderá, en vista de tan patentes diferencias, que me sorprendiera el otro día cuando entré al bar de la esquina a tomar un café antes del máster, y me encontré a Coloccini y Fernando echando unas cervezas.
- ¿Qué tal chicos? - saludé.
Fernando me devolvió el saludo agitando su botellín, mientras Coloccini miró para otro lado con muy poco disimulo.
Podría haber sido una casualidad, pero desde aquel primer encuentro, cada vez que he ido a tomar mi reglamentario café antes de clase, los he vuelto a encontrar bebiendo cervezas en la barra, como buenos amigos. ¡Coño, pero si es que en la oficina ni se hablan!
Aguanté lo mejor que pude la intriga, pero al final, ayer a última hora mi lado cotilla venció. Como con Coloccini ni me hablo me lancé a preguntar a Fernando, con quien tengo buena relación. Así que como decía al principio, pregunté:
- Fer, ¿qué te traes entre manos con Coloccini?
Fernando me miró y se empezó a reír estruendosamente.
- Perdona tío, me he metido donde no me llaman - dije algo avergonzado.
- No hombre, si es que la historia es muy buena y me parto sólo de pensarlo - miró alrededor y al ver que no quedaba mucha gente en la oficina, me invitó a sentarme - La cosa viene de hace semanas: resulta que Coloccini estaba todos los días pidiéndome ayuda, eso sí, siempre por correo para que la gente no le vea.
- ¿Ayuda? ¿Cómo ayuda?
- Pues ayuda, ayuda en general. Es que el tío no tiene ni puta idea de nada... prácticamente le estoy haciendo yo el trabajo a diario.
- ¡No jodas! ¡Vaya cara!
- Sí sí, así que hemos llegado a un pacto: por cada marrón que le resuelvo, él me paga una cerveza... ¡jojojo! me paso casi todas las tardes en el bar. Pero creo que voy a dejar de ayudarle, si sigo así acabaré alcoholizado...
- Pues sí Fer - le aconsejé yo -, que se apañe él solo.
Y Fernando me hizo caso, así que esta mañana cuando Coloccini le mandó el correo de turno pidiéndole ampliar un tablespace de la base de datos central, se encontró con que la suerte ya no le sonreía.
Bueno... tengo que cerrar ya el post de hoy. Coloccini me invita a comer en el Asador de Aranda; adivinad quién amplió el dichoso tablespace...

jueves, 12 de enero de 2012

Cosas que es mejor no saber

Anoche me volví a despertar en mitad de la noche, bañado en sudor y gritando:
- ¡Ah! ¡Quítamela! ¡Quítamela!
Si quieres seguir durmiendo a pierna suelta por las noches, hay cosas que es mejor no saber. Y si llegas a saber de ellas, hay que desterrarlas a un rincón remoto de la memoria y enterrarlas donde yace lo más tenebroso y oculto de tu vida, como el incendio que provocaste de pequeño y del que acusaron injustamente al vecino del quinto, o aquella navaja multiusos que robaste en el todo a 100.
Yo empecé a utilizar el recurso del enterramiento en mis tiempos de universitario, cuando el profesor de Sistemas de Control y Adquisición de Datos me contó que muchos de los enormes superpetroleros que surcan los océanos usaban un sistema de navegación basado en Windows. Cuando comprobé que no era una broma de mal gusto del profesor, decidí que estar al tanto de que millones de toneladas de petróleo surcaban los mares diariamente guiadas por un potencial pantallazo azul, era demasiado para mi. Así que cogí mi pala mental, cavé una fosa y enterré los superpetroleros con Windows junto al incendio de los años ochenta.
Hasta hoy, he tenido que reabrir la fosa muchas veces después de aquello, casi siempre por asuntos relacionados con restaurantes orientales o con frases épicas pronunciadas por el comercial de alguna consultora.
A pesar de lo útil de esta técnica hay una cosa, una terrible experiencia que por muy hondo que entierre, siempre se empeña en volver en mis pesadillas: la horrenda historia de la fibra óptica rota.
Todo sucedió hace años, cuando trabajaba subcontratado para una importante empresa de telecomunicaciones, desplegando una plataforma de monitorización y gestión de la seguridad. Me llamaron al móvil de guardia un viernes a mediodía, porque se había perdido conectividad con el sistema de correlación de alertas de la plataforma. Por suerte aquella máquina estaba en un centro de proceso de datos en el centro de Madrid, así que me planté allí en veinte minutos con mi portátil gigante al hombro, dispuesto a recuperar el servicio y ganarme mi flamante sueldo de 1.000€ mensuales con pagas prorrateadas.
Exceptuando el capítulo de personal, no se había escatimado en gastos para aquel proyecto: el reluciente rack me esperaba en mitad de la sala fría. Los indicadores LED de media docena de servidores Sun Fire Ultra 250R parpadeaban de forma aparentemente normal al otro lado del cristal, de modo que abrí la puerta trasera del armario para conectar mi portátil a la consola de la máquina problemática, que estaba situada en la parte inferior del mismo.
De inmediato, algo me llamó la atención: uno de los cables de fibra óptica estaba desconectado. ¿Cómo se iba a llegar a la máquina si no estaba conectada a la red? Me arrodillé para inspeccionar en detalle el problema y comprobé que el cable no sólo estaba desconectado, sino que el conector estaba destrozado, como si lo hubieran estado troceando con un cortauñas.
Además, del hueco por el que se entregaban los cables al rack, asomaba otro cable suelto, de color gris, que tampoco tenía conector en el extremo ¿De dónde venía ese cable? Lo tomé con cuidado entre los dedos y tiré un poco de él para examinarlo... En lugar de extraer algo más de cable del orificio, saqué una rata que mi miró a los ojos mientras masticaba un trozo de cable de fibra, diciendo:
- ¡Ñic ñic ñic!
No voy a negar que pegué un grito de nenaza, que por suerte quedó ahogado por el zumbido de los servidores y aires acondicionados. Lancé la rata por los aires en un acto reflejo: voló unos cuantos metros sin soltar su merienda de fibra óptica, se estampó contra otro rack y la perdí de vista cuando salió correteando por el pasillo.
No mencioné el tema de la rata y me limité a solicitar un nuevo cable al responsable del CPD. Mientras tendían la fibra por el suelo el tipo me miró y dijo:
- Otro cable roto, llevamos tres en una semana. ¡Parece que se los coman, joder!
No le hice mucho caso, para entonces estaba reabriendo la fosa común de recuerdos oscuros... a pesar de todo, la maldita rata se sigue escapando de vez en cuando.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Inocente, inocente


Ayer fue 28 de diciembre, el día de los Santos Inocentes. Ya se sabe: en todos los periódicos que se precien cuelan alguna bromita, y más de lo mismo en la radio y la televisión. En la calle no fallan la inefable monedita de dos eurillos pegada en la acera, o la mierda de coña en la puerta del bar.
 ¡Qué desafortunados somos los españolitos, que sólo una vez al año disfrutamos de alegres bromas! Menos mal que siendo informático, uno vive el día de los Santos Inocentes todas las semanas.
 Por ejemplo, en cualquier oficina encontraremos un montón de bromistas. Está el jefecillo que te exige que despliegues un nuevo servicio sin darte un duro de presupuesto, y además en dos horitas. También el avispado que baja al CPD y quema un rack completo al enchufar un switch de mierda.
 - No no no, yo no he tocado nada, se ha ido la luz justo cuando iba a enchufarlo, pero no lo he llegado a enchufar, te lo aseguro - ¡Ja! ¡Para partirse de risa!
 También hay inocentadas clásicas, pero no por ello menos graciosas, como la llamada broma del estaño. Esta inocentada la preparan a conciencia los señores Directores de numerosas empresas, y siempre termina con la frase:
 - Así que estaño con la crisis tampoco habrá subidas de sueldo... - qué gracioso el tío, y encima te lo dice mientras con la uña del dedo meñique se saca de los dientes un trozo de langosta.
 En cualquier caso, las inocentadas más elaboradas se pueden encontrar en cualquier portal de ofertas de empleo:

Descripción del puesto: Experto en Seguridad Informática
Requisitos mínimos: 
· Titulación: Doctor en Ingeniería de Computadores
· Certificación en CheckPoint, Fortinet, Paloalto
· Cisco CCIE
· ITIL Foundation
· PMI
· Inglés, Francés, Alemán, Italiano y Esperanto
· Vehículo propio
· 15 años de experiencia
Salario ofrecido:
· 16.000 € Bruto/ Año

¡Claro hombre!, y cuando firmas el contrato te pegan el muñequito en la espalda y sale una azafata con un ramo de flores... si es que en esas consultoras dedicadas al bodyshopping son todos unos cachondos... 

jueves, 15 de diciembre de 2011

Intrusismo inverso

Según los datos de que dispongo, que no tienen por qué ser fiables porque los he estimado yo de cabeza, los dos sectores con mayor intrusismo profesional son respectivamente la Informática y la Política.
Mientras que está claro que los intrusos en política suelen ser todo tipo de ladrones y/o estafadores, personalmente creo que para el sector TIC el intrusismo no tiene por qué ser nocivo; al contrario: enriquece la profesión con puntos de vista alejados de la cuadrícula estándar propia del pensamiento técnico.
A veces me pregunto qué pasaría si el mundo funcionase al revés, si los informáticos no estuviesen confinados en sus oficinas y saliesen al mundo, y abordasen todo tipo de profesiones al terminar sus estudios.
Me imagino por ejemplo el ambulatorio de toda la vida plagado de informáticos que trabajan como enfermeros, practicantes o médicos de cabecera. Casi puedo ver al doctor pasando consulta con su impoluta bata blanca y su fonendoscopio colgando del cuello, mirándole al crío de turno la garganta para luego anunciar a su preocupada madre:
- Tranquila mujer, es que está fallando el antivirus, ¿desde cuándo no lo actualiza?
Lo jodido sería en quirófano, cuando el jefe de cirujía propusiese el uso del recurso más extendido ante sus ojipláticos compañeros:
- ¿Y si reiniciamos? - claro, si ha funcionado con todas las versiones de Windows desde los años 90s, para un corte mal dado en una fimosis también podría valer.
Como profesores de primaria o secundaria, es probable que los informáticos no rindiesen mucho mejor: seguro que no pasaría mucho tiempo antes de que el director del colegio descubriera que la corrección de los exámenes se estaba subcontratando a la India.
¿Y como arquitectos? En cierto sentido, la arquitectura guarda bastantes similitudes con el diseño de redes de comunicaciones, o incluso de grandes proyectos de software... Ya lo veo: algún antiguo compañero mío de la facultad, reunido con los desencajados directores de obra mientras sobre sus cascos un rascacielos se inclina peligrosamente por un fallo en la mezcla del hormigón de la planta quince:
- Tranquilos, tendremos guardado algún punto de control en la planta catorce, ¿no?
O peor todavía, afrontando la demolición de un edificio con un desfase mortal a cuestas, pensando justo después de apretar el dichoso botoncito rojo:
- ¡Ups! así que... ¿ese no era el edificio?
Quizá haya que rebajar algo las expectativas del hipotético intrusismo; a lo mejor en una cadena de comida rápida, una mente informatizada sería menos peligrosa:
- Caballero, permítame recomendarle el nuevo BigMoc, han sacado una actualización en el pepinillo, ahora repite mucho menos y el tiempo de digestión ha sido optimizado.
No, tampoco pega, seguro que la gente se acabaría pasando al pollo frito...
Creo que quizá donde mejor encajarían los intrusos informáticos sería en el otro sector más afectado por este asunto: la Política.
Sí sí, ya me veo en la alcaldía de algún pueblecillo del Corredor del Henares, con un puñado de periodistas rodeando mi flamante BMW:
- ¿Dónde está el dinero, señor alcalde?
- Hubo un corte de luz, se perdieron todos los datos y no hay ninguna copia de seguridad buena - respondería yo sin despeinarme -, estaba rota la cucutipa...

martes, 29 de noviembre de 2011

Doce monos encerrados en una jaula

Por primera vez en lo que va de blog, no voy a escribir sobre algo que considero cómico. Allá voy.
Quien más o quien menos ha oído hablar del famoso experimento de "aprendizaje social", protagonizado por una docena de monos, un jugoso manojo de plátanos y un chorro de agua fría.
Para aquellos que no estén al tanto, lo resumiremos brevemente: los científicos encierran a una cuadrilla de monos en una jaula; del techo cuelgan unos ricos plátanos de Canarias. Cuando el primero de los monos se acerca para coger uno de los plátanos, un chorro de agua fría los empapa a todos. Llegados a este punto, uno piensa "joder, vaya mala idea la de los científicos", pero todavía no hemos llegado a lo peor... Cuando otro desdichado mono intenta hacerse con los plátanos, un nuevo chorro de agua helada deja calado a todo bicho viviente. El caso es que cuando el tercer mono intenta echar el guante a la fruta, sus compañeros de jaula le pegan un palizón del quince, porque claro, a nadie le gusta que le den un manguerazo sin ton ni son. Entonces, los científicos sacan a uno de los monos, y meten un mono nuevo que al ver los plátanos, va muy contento a por ellos, llevándose una paliza de sus nuevos compañeros. Se siguen sacando monos de la jaula, que son reemplazados por monos nuevos, que se llevan una somanta de palos al ir a por la fruta. Al final, en la jaula no queda ninguno de los primeros monos que se llevaron el chorro de agua fría. Los pobres monos, ya no van a por los plátanos, pero no saben por qué.
Lo que no sabe la gente, es que la mente calenturienta que parió la idea de los monos y el manguerazo, quiso darle una nueva vuelta de tuerca, y organizó un experimento mucho más terrorífico, que no ha salido a la luz por su extrema crueldad, y porque se llevó a cabo con seres humanos, pero que ahora procedo a hacer público.
El brutal experimento consistió en coger un grupo de consultores, que fueron encerrados en un edificio de oficinas. Se les obligó a llevar un ridículo trapo atado al cuello. Cuando uno de los sujetos se intentaba deshacer del trapo, todos recibían un correo amenazante por parte de la Dirección. En poco tiempo, si un consultor se intentaba quitar el trapo, sus propios compañeros lo impedían enérgicamente.
Luego, despedían a un consultor e incorporaban a otro que cobraba menos. Al llegar a la oficina le ponían el trapo, y si se lo intentaba quitar sus nuevos compañeros lo impedían, igual que hicieran los monos para evitar el manguerazo. Así, los malévolos científicos fueron quitando a todos los consultores originales, y pudieron comprobar que aunque nunca habían recibido un correo amenazante de la Dirección, todos seguían con el ridículo trapo atado al cuello.
Los científicos quisieron ir más allá, e intentaron averiguar durante cuánto tiempo se podría perpetuar este "aprendizaje social".
Ellos todavía siguen con el cronómetro en marcha, y nosotros seguimos llevando corbata.


miércoles, 16 de noviembre de 2011

Hijo, no me funciona internet

Comentaba recientemente que una de las peores frases a las que un informático se enfrentará a lo largo de su carrera es el famoso y temible ¡hola! ¿tienes un momentito?. Detrás de esa pregunta inocente, suele haber intenciones insidiosas y crueles; de hecho, en el diccionario oficial "Gorrón - Informático, Informático - Gorrón", la expresión se traduce por: ¡Hola! Vengo a endosarte un marrón, uno de los gordos.
En todo caso, la experiencia hace que después de algunos años, se nos desarrolle un sexto sentido que permite detectar las intenciones del interlocutor casi antes de que se levante de su silla, en la otra punta de la oficina. Así, una vez identificado el peligro, se puede hacer uso de algunas de las mejores defensas de las que dispone el gremio, como el infalible y sutilmente chantajista lo siento tío, si no arreglo esto nos quedamos todos sin Internet.
Pero, ¿qué sucede cuando el enemigo está en casa? ¿qué sucede cuando el golpe viene del lugar más inesperado? Entonces es cuando te enfrentas a la peor frase, a la más letal... Todo comienza con el teléfono de casa, que suena justo cuando te dispones a cenar mientras ves Informático Busca Esposa. Descuelgas el auricular y escuchas al otro lado:
- Hijo, no me funciona Internet...
¿Pensabas que tu madre, después de la jubilación, se dedicaría a hacer punto y ver la telenovela? Te equivocabas, amigo mío... tu madre se dedica a chatear, a reenviar PPTs, y a bajarse música de los años sesenta.
- ¿Qué pasa mamá? - preguntas mientras miras con melancolía el solitario sandwich que te espera sobre la mesa.
- Pues nada, que quiero mandarle unas fotos a mis amigas y esto no funciona.
- ¿Dónde están las fotos, en un pendrive?
- No, no, no, yo no tengo de esas cosas raras. Eso lo tendrás tú, que te gastas todo el dinero en cacharritos y no ahorras nada.
- Pues entonces ¿dónde tienes las fotos, mamá? - piensas que quizá está intentando conectar directamente la cámara con el cable USB y el PC no reconoce el dispositivo, o puede que haya extraído la tarjeta de memoria...
- Me las echó tu hermana al pincho el otro día.
En el segundo diccionario más utilizado del gremio, "Progenitor - Informático, Informático - Progenitor", echar significa copiar de un medio fijo a uno extraíble, y pincho se traduce por pendrive.
- ¡Ah!, vale. Y el ordenador reconoce el pincho, ¿no?
- Yo qué sé hijo, me imagino que ya se conocerán de otras veces...
Das por perdida la cena y la anestésica programación de la TV. Además, la solución de emergencia sinoloarreglonohayinternet no surtirá efecto con tu señora madre, no sólo porque le de igual si te funciona o no Internet, sino porque te conoce mejor que nadie y sabe cuándo estás mintiendo, hasta por teléfono. Y no le gusta que mientas.
De pronto, la idea feliz acude en tu ayuda iluminando tu rostro taciturno, y propones:
- Oye, mamá, ¿y si me invitas a cenar y yo te arreglo el ordenador?
- Claro hijo, te hago un caldito y una tortillita francesa, ¿quieres? ¡Pero ven abrigado que hace mucho frío!
Miras el sandwich de jamón y tranchetes por última vez; coño, ¡cómo no vas a querer!
- ¡Ah! - suspiras en el coche de camino a casa de mamá -, si la gente de la oficina supiera al menos preparar caldo y tortilla...

martes, 15 de noviembre de 2011

Cucutipa header damaged

De todos los que estaban en aquella reunión, el único que conocía la verdad del asunto era un servidor, y por eso tenía esa cara tan rara que me sale cuando intento contener las carcajadas pensando en cosas tristes.
Fue hace muchos años, pero tengo el momento grabado a fuego en mi memoria: el director general, inclinado sobre su enorme mesa de caoba, clavaba su mirada furiosa sobre los ejecutivos que permanecían sentados y en silencio como niños pequeños que se llevan una regañina tras una travesura.
Todo había empezado unos días atrás cuando Antonio, un compañero del grupo de copias de respaldo se acercó a mi puesto y me asaltó con una de las más peligrosas frases con las que un informático se puede topar:
- Oye tío, ¿tienes un momentito? - no esperó mi respuesta y se sentó a mi lado -. Mira, te he mandado un correo -. Efectivamente, en mi bandeja de entrada aguardaba un mensaje sin leer, con un misterioso título: "Log raro".
A pesar de lo prometedor del asunto, la historia era sencilla: las copias de seguridad de los buzones de correo de los jefazos de la empresa llevaban una semana fallando, pero el log de errores estaba en inglés, y ahí precisamente radicaba el problema, porque mi compañero Antonio no entendía la lengua del ilustre Shakespeare.
Después de echar un vistazo rápido a las líneas de texto comprendí que el fallo lo estaba causando una acumulación de polvo en el cabezal de la unidad de cinta en la que se copiaban los datos.
Miré a mi compañero, y le anuncié en tono jocoso:
- Está rota la cucutipa, lo pone por ahí: cucutipa header damaged...
Llegados a este punto, el lector se preguntará qué demonios es una cucutipa... pero es que una cucutipa no es nada. Cucutipa era una palabra generada por un sistema automático que utilizábamos para crear contraseñas aleatorias. En su momento, nos hizo bastante gracia, y la adoptamos como parte de las bromas diarias que nos ayudaban a soportar nuestros tristes quehaceres. Una cucutipa era un gamusino digital y un poco freak...
El caso es que parece que Antonio no pilló el chiste, porque apuntó mi respuesta en un pequeño cuadernito, y se volvió corriendo a su sitio. Yo no sabía si se había enfadado por la broma, y la verdad es que pensé en hablar con él más adelante, pero mi mala cabeza me traicionó como tantas otras veces, y la aclaración quedó pendiente hasta que fue demasiado tarde, una semana después.
El teléfono sonó a en mi mesa a eso de las diez y media; era la secretaria del mismísimo Don Nicolás, el director general de la empresa, que esperaba que me presentase de inmediato en su despacho; la primera vez que me reclamaban desde las alturas.
¿Me iban a dar un aumento? ¿Me iban a despedir? Intentaba figurarme el motivo de la llamada de camino al despacho, y casi sin darme cuenta la secretaria de Don Nicolás, una señora seca y arrugada, me estaba empujando a los leones.
- Don Nicolás, ya está aquí el informático - anunció aquella momia andante como si hubiese llegado el repartidor de pizza, y cerró la puerta a mis espaldas.
En el despacho estaban todos los directores de área de la compañía, desde Recursos Humanos hasta TI, pasando por Marketing y Ventas. Desentonaba entre aquella recua de jerifaltes encorbatados mi compañero Antonio, el de las famosas copias de seguridad, que estaba encogido en un rincón, haciendo lo posible por pasar desapercibido.
Don Nicolás me señaló con su mano huesuda, sin darme apenas tiempo a respirar:
- ¿Es usted el que dijo lo de la cucutipa? - interrogó. ¡Puf!, la broma se me había ido de las manos. Mi vida de informático pasó por delante de mis ojos: mi primer Spectrum, el programa en BASIC que preguntaba tu nombre y te decía "hola nombre$!", los malos ratos con C y sus punteros a punteros a punteros... tragué saliva y respondí:
- Sí, fui yo Don Nicolás...
- Siéntese entonces - ordenó.
Yo me senté haciendo números sobre el finiquito que me podría corresponder, mientras la conversación seguía su cauce. Por lo que alcancé a hilar, algún fallo en el sistema de correo - otro día hablaremos de la Ley de Murphy aplicada a la Informática - había dado al traste con los buzones de media dirección, entre ellos los de Don Nicolás. Las copias de seguridad habían fallado, y la bronca que estaban llevándose el pobre Antonio y su jefe, el Director de TI, estaba siendo monumental.
Finalmente, Don Nicolás preguntó al Director de TI:
- Y bien, ¿qué medidas piensa tomar para que esta intolerable situación no se repita?
El ejecutivo se levantó despacio, miró a unos y otros, y con tono grave anunció su plan magistral:
- Esté tranquilo Don Nicolás, ya he encargado diez cajas de cucutipas de recambio.

jueves, 10 de noviembre de 2011

Arreglo espontáneo

Parece que en este mundo en el que nos ha tocado vivir, sólo hay sitio para las malas noticias: la crisis que parece no tener fin, continuos desastres naturales, tensiones entre Oriente y Occidente... Pero la gente del gremio de las nuevas tecnologías, somos más afortunados que los demás, porque con mucha frecuencia - si no diariamente - tenemos la suerte de presenciar esos pequeños milagros que nos hacen pensar que hay "alguien" ahí arriba que vigila y echa un cable de cuando en cuando.
Esos mágicos momentos, también llamados "arreglos espontáneos", empiezan siempre con una llamada telefónica; tú descuelgas el teléfono, y escuchas una de las más horribles preguntas con las que te puedas encontrar:
- ¿Habéis tocado algo? - ni "hola" ni nada; derechazo al mentón.
Tú sujetas el auricular entre la barbilla y el hombro, y mientras te rascas la cabeza con cara de tonto, intentas obtener algo más de información:
- ¿"Algo"? ¿Algo de qué?
- Pues algo, no sé, es que me ha dejado de funcionar el entorno de desarrollo, y tengo una demo en media hora... - responden secamente al otro lado de la línea.
- Pues creo que no hemos tocado nada que pueda afectar a desarrollo últimamente... ¿me dices qué falla exactamente?
- Todo, falla todo... y ayer funcionaba perfectamente - sentencia el interlocutor.
- Bueno, pues déjame un momento, que miro por si acaso hay algo que se me escape - respondes algo agobiado -, te doy un toque en un minuto.
- No en un minuto no, que me bajo a desayunar. Te llamo yo cuando vuelva, pero date prisa anda, que es urgente - escuchas a modo de despedida.
Has tenido la mala suerte de destruir un entorno de desarrollo sin darte cuenta, y no tienes ni idea de qué puede estar sucediendo. Entras al servidor en cuestión, y revisas el estado del sistema operativo: la máquina no está apenas cargada, dispone de memoria en abundancia, y tiene espacio suficiente en disco. Miras el reloj con cierto agobio: ya faltan sólo veinte minutos para la famosa demo.
Temiéndote lo peor, revisas manualmente todos los ficheros de log por si hay errores en el hardware o algún reinicio inesperado. Nada. Diez minutos para la demo.
Justo cuando una gota de sudor empieza a resbalar por tu frente, el teléfono suena. Reconoces la voz del interlocutor, aunque ahora el tono es mucho más agradable.
- ¡Hola! Esto... ¿qué has hecho? Es que ya funciona todo otra vez.
- ¿Ah, sí?, pues yo estaba intentando averiguar qué podría estar pasando, pero no he visto ningún problema - respondes tú con el ceño fruncido. Entonces, es cuando Dios hace patente su intervención divina, porque siempre que se ha producido un "arreglo espontáneo", se escuchará en uno u otro instante la siguiente frase:
- Pues yo tampoco he hecho nada.
¡Milagro! Habías estropeado algo, pero has tenido la suerte de que se haya arreglado solo. Un día más, puedes estar contento ¿o no?

lunes, 7 de noviembre de 2011

Efecto 2000


Corría el año 1999 y todo el mundo de la informática estaba un poco acojonado con el llamado “efecto 2000”, aunque como becario exento de notables responsabilidades, yo vivía en la oficina más bien ajeno al asunto en cuestión, y mucho más preocupado en cambio por los exámenes de mi primer curso en la universidad, que se me echarían encima como el famoso efecto, una vez comenzado el nuevo año.
El teléfono sonó a eso de las diez de la mañana; era Asenjo, un ingeniero de unos treinta años, que era mi jefe en aquella época, y que quizá por empatía conmigo por sus no muy lejanos tiempos de becario, me trataba bastante bien.
- ¡Qué tal tío! - escuché al otro lado del teléfono. Olía a marrón... - Te cuento: me ha llamado Carlos, que le pasa algo con el monitor del PC. Estamos muy liados revisando código, por lo del efecto 2000, así que si no te importa pásate a echarle un ojo al cacharro...
- No hay problema – respondí. Al poco estaba subido en el ascensor rumbo a la sexta planta. Qué fácil resultaba torpedear los sueños de los jóvenes estudiantes como yo; cuando llegué a la empresa, imaginaba modernos laboratorios, potentes computadores, técnicas innovadoras... y en lugar de eso, había efectos 2000 y directores que llamaban al becario porque sus monitores no funcionaban "del todo bien".
En la sexta planta estaban los jefes de proyecto. En particular, Carlos era responsable de comunicaciones, y yo siempre había pensado que detrás de esa cara de gilipollas y esa nómina estratosférica, debía haber un auténtico gurú de la técnica, un mercenario de TCP/IP, un mago del silicio... Aunque estaba muy equivocado, antes de llamar a la puerta del despacho, me alisé un poco la camisa, intimidado por mi repentino soporte a un alto preboste de la empresa. Luego toqué un par de veces con los nudillos.
- Pasa, pasa – me instó Carlos desde la otra punta del despacho. El tipo estaba tumbado boca arriba en la esponjosa moqueta, con las manos apoyadas sobre el vientre. Me acerqué con cuidado y le observé con cara de tonto, ciento noventa centímetros más arriba. Miraba a través de sus gafotas al techo, y parecía un poco acalorado.
- ¿Estás bien, Carlos? - pregunté.
- Sí sí, estoy pensando – y yo que me había alisado la camisa antes de entrar... - A veces me tumbo en el suelo para relajarme y pensar.
Claro, el tipo tenía una moqueta impoluta y esponjosa como el césped del Bernabéu. Si yo me tumbase en el suelo, unas plantas más abajo, seguro que me hubiera mordido algún bicho...
- Me comentaba Asenjo que no te funciona el monitor... ¿le echo un ojo?
- Todo tuyo – respondió desde el suelo.
El monitor en cuestión era una pantalla CRT de unos mil años de antigüedad, que a aquellas alturas tenía las horas contadas y que seguro que sería reemplazada por una flamante LCD plana en breve. Revisé el cable VGA: la conexión al PC estaba bien, lo mismo en el extremo del monitor. El cable de corriente también tenía buena pinta, así que pulsé el botón de encendido del PC, que con un pitido estridente se puso en marcha. Miré con atención el monitor; todo parecía correcto. El logotipo del famoso sistema operativo apareció en pantalla para dar paso al escritorio.
- Mmm... perdona Carlos, parece que esto no va mal...
- ¡Espera, espera! - me interrumpió desde el suelo - se apaga al rato...
Torpemente se incorporó y se situó a mi lado. La situación resultaba cuando menos, incómoda. Allí estábamos los dos, mirando el monitor CRT que no parecía estar por la labor de fallar.
- Espera, espera – insistía Carlos cada pocos segundos, hablando casi para sí mismo. Finalmente, tras varios minutos de suspense, el monitor se apagó.
Carlos me dirigió una mirada triunfal, señalando con el dedo la pantalla en negro.
- Yo creo que debe ser algún cable que no hace contacto – aventuró.
- Ajá – respondí yo - ¿Y por qué lo crees, Carlos?
- Pues porque si le doy algún golpecillo, se vuelve a encender.
Dicho esto, el respetable responsable de comunicaciones se abalanzó como un loco contra el desdichado dispositivo. Para el lector sería lógico pensar que un monitor no puede ser desdichado, pero cambiaría de opinión si hubiera asistido a la serie de golpes y sacudidas que recibió en cuestión de segundos, hasta que finalmente, se encendió.
Carlos señaló el monitor una vez más, esta vez para remarcar aquella pantalla encendida que corroboraba su teoría, algo congestionado tras el esfuerzo que le había supuesto apalizar al cacharro.
- Ya veo – respondí con toda la seriedad que la situación me permitía. - ¿Te importa si esperamos otro rato a que se apague de nuevo? Es solo para hacer una última pruebecilla; si quieres túmbate un rato en la moqueta, por mi no te importe.
La última frase la dije en broma, pero Carlos se la tomó en serio, de modo que la situación incómoda se repetía una vez más, pero con mayor bizarría. Cinco minutos después, el monitor volvió a apagarse.
- Esto... Carlos, ya se ha vuelto a apagar - Carlos se incorporó una vez más y me observó acercarme al equipo. Pulsé la barra espaciadora, y el monitor se encendió mágicamente.
- ¡¿Qué?! - exclamó totalmente desubicado. Si hubiera abierto la taza del inodoro encontrando un cocodrilo, su rostro hubiera sido muy similar. Aquella pulsación de teclado había tirado por tierra su teoría del cable-que-no-hace-contacto.
Me senté frente al equipo – escritorio, botón derecho, propiedades, protector de pantalla, desactivar – para resolver el problema conteniendo la risa. Parecía que Carlos, flamante responsable de departamento, había sido víctima del efecto 2000, y en algún momento había pasado por alto que el protector de pantalla de su PC apagaría el monitor tras cinco minutos de inactividad, o lo que es lo mismo, tras un ratito echado en la moqueta. Lógicamente, también pasó por alto que la mejor forma de mover el ratón para reactivar la pantalla, no era desplazando a golpes todo el escritorio.
Recuerdo que la empresa quebró un tiempo después de terminar yo mi beca allí, y a veces me pregunto si Carlos tendrá moqueta donde quiera que esté hoy; espero sinceramente que no sea así.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Informático busca esposa

Me parto de risa cuando los miércoles ponen "Granjero Busca Esposa" en la televisión. Salen por allí los cinco o seis señores con sus pretendientas, y no paran de surgir frases como "la vida del campo es muy dura", "¡ay! cuánto me hacen madrugar", "mañana hay que sacar a pastar al ganado" o "tenemos que arar cuatro fanegas entre hoy y mañana".
Con todos mis respetos: menuda mierda. Si lo que quieren los directivos de las cadenas de televisión es golpear a la audiencia con auténtico hardcore, el programa que habría que preparar es Informático Busca Esposa; eso sí que iba a ser bueno...
Primero, el programa de lanzamiento con las presentaciones de los protagonistas: un tipo delgaducho y con ojeras de auténtico mapache en pantalla, sin quitarse los auriculares del iPhone escupe sin miramiento:
- Hola, me llamo Fulanito, soy operador de Nivel 1. Me gusta jugar al Warcraft, tengo nivel cuarenta y... - en ese momento, le interrumpe una llamada al móvil de soporte -... disculpad, es que estoy de guardia.
Después, en el segundo programa, las candidatas tienen un primer encuentro con los informáticos en un Apple Store, y el descaro y la picardía entran en escena, regalando al tele-espectador frases como:
- Bueno maja, y tú qué prefieres ¿Java o .Net? Tienes pinta de marchosa, seguro que te van los struts, ¿me equivoco?
Luego, cuando comenzasen las emisiones del reality como tal, la audiencia se daría cuenta cada miércoles que el trabajo del campo es una guardería comparada con la cruda realidad del sector IT. Así, un día cualquiera el informático levanta a sus pretendientes a las seis de la mañana, les enchufa una hora y media de cercanías, y una vez en la oficina de Tres Cantos, les dice sin cortarse un pelo:
- Venga Zulaila, tú ve haciéndome un funcional y un diagrama de clases a partir de esta especificación. Y tú Yeni, sácame unos informes de disponibilidad de la frame-relay con Atocha, que se queja el cliente de que se han estado descartando tramas sin haber saturado la línea.
Las chicas confesarían con ojos llorosos a la cámara:
- Es que yo no me esperaba esto, sabía que tendría que trabajar duro, pero esto es demasiado. ¡Joder! es que este tío todavía utiliza Cobol - se queja Zulaila, aunque no es la única que sufre; su compañera Yeni tampoco lo pasa nada bien:
- Es un déspota, le ha cerrado el proxy a toda la oficina... ¡esa gente está sin facebook! ¡¿qué somos, animales o personas?!
Por supuesto, no todo sería trabajar y trabajar, también habría momentos de fiesta.
- Chicas, venga, que esta noche vamos a tomar algo al bar de moda... de Second Life ¡va a ser para cagarse!
Al final, como hasta el más cuadriculado de los informáticos tiene su corazoncito, seguro que la chispa del amor prendería, y se presentarían esos momentos subiditos de tono que tanto gustan, captados furtivamente por alguna cámara oculta:
- Zule, ven que te enseño un trunk con un montón de VLANs.
Ya lo saben señores productores de televisión, el morboso filón aguarda a ser explotado ¿están dispuestos a dar una nueva vuelta de tuerca a la programación?

lunes, 31 de octubre de 2011

El Desfase Mortal

Es un día como otro cualquiera: madrugón, atasco, café de máquina y treinta correos sin leer en la bandeja de entrada. Todo parece funcionar bien, o al menos nada parece estar averiado. ¡Bien! por primera vez en lo que va de semana, tendrás tiempo de hacer pruebas para mover la base de datos al nuevo filer, que tiene discos más rápidos y fiables.
Lo piensas detenidamente, y hasta garabateas un pequeño esquema en el reverso de un folio: pones la base de datos en modo backup, haces un snapshot, devuelves la base de datos al estado normal, y lanzas la copia del original a los nuevos discos para controlar cuánto tardará y poder pedir una ventana de tiempo ajustada a la Dirección Técnica. Para mayor seguridad, contrastas el procedimiento con tu compañero, quien coincide contigo: todo perfecto; nada - insisto: NADA - puede fallar.
Escribes una ristra de comandos sin despeinarte, rematas con un par de toques al intro y mientras observas cómo se lanza la copia, sonríes y te levantas para visitar fugazmente el excusado.
Pudo ser por un compuesto de azufre liberado en el angosto aseo por algún desaprensivo, o quizá por un efecto secundario del café de la mañana, pero cuando vuelves a tu puesto, aunque no lo sabes, te acompaña el temible desfase mortal. 
El desfase mortal se produce cuando un informático, o en su defecto cualquier ser humano que trabaje frente a un ordenador, pulsa el teclado o el ratón antes de que su cerebro le dé la orden de hacerlo. Es indetectable, hasta que se produce la catástrofe. Ajeno al peligro, reclinado en tu silla con cara de satisfacción, observas que el proceso de copia ha tardado diez minutos. Ya puedes enviar el correo a la Dirección proponiendo hacer los trabajos definitivos el próximo jueves entre las 19:00 y las 20:00. ¡Ah! y no te olvides de borrar esa fugaz copia de la base de datos, que ya no tiene sentido mantener.
El comando es claro, conciso y concreto, como un buen artículo de periódico: "rm -rf ./", tecleas con agilidad para luego pulsar intro una vez más. El telegrama enviado por tu cerebro llega un milisegundo después:
- ¡Ojo! No le des al intro que esa que quieres borrar es la base de datos en producción, no la copia - dice el mensaje neuronal.
Pero ya es tarde. El desfase mortal se ha cobrado una nueva víctima.
Notas como la sangre se agolpa en tu cabeza mientras un zumbido ensordecedor te aleja de la realidad con un ligero mareo.
- No, no puede ser - piensas para tus adentros -, seguro que no era la de producción...
Pero sí lo era. Miras a tu alrededor conmocionado, y tu cara enrojecida y desencajada te delata; tu compañero te pregunta temeroso:
- ¿Qué has hecho tío? - aunque ya conoce la respuesta. Mientras el teléfono suena sin parar, os apañáis para restaurar la copia de prueba. En menos de cinco minutos, todo vuelve a la normalidad. Por esta vez has tenido suerte, sólo te ha costado un par de años de vida y una fuerte diarrea, pero aún conservas tu empleo.
La vida te ha dado una segunda oportunidad, pero recuerda: sólo hay dos tipos de informáticos, los que han sufrido el desfase mortal, y los que van a sufrirlo en breve.


miércoles, 26 de octubre de 2011

¿Quién tiene la culpa?

Es sábado por la noche, y hay invitados en casa. A nadie se le ocurre asaltar al dentista del grupo de amigos, en el breve espacio de tiempo que transcurre entre los postres y el café, y pedirle que le haga una limpieza de boca. ¿Se imagina?
- Oye Julián, amigo, haz el favor de hacerme una limpieza de boca y de paso me revisas el empaste del premolar, que me molesta un poco...
En cambio, el pobre César se arrepiente de haber asistido a la velada; porque César es ingeniero informático y por alguna razón desconocida, el trabajo de un informático es gratuito e inmediato. Además, un ingeniero informático puede limpiar de virus un ordenador, instalar todo tipo de software - por supuesto, sin licenciar - configurar la cuenta hotmail en un smartphone de cualquier modelo, sintonizar el TDT de Carrefour, y si es necesario arreglar el temporizador de un horno.
Imagino que hace 5.000 años en Egipto, un amigo caradura de Hessie-Ra, quien fuera - parece ser - el primer dentista de la historia, le preguntó mientras cenaban opíparamente a orillas del Nilo:
- Hessie anda, mírame esta muela que me duele un montón...
Y Hessie-Ra le debió responder muy serio, sin soltar su copa de vino:
- Te pasas por la consulta mañana chavalote, que ahora estoy cenando.
Pero algo falló en el mundo de la informática. Casi seguro que el día que John Presper Ecket y John William Mauchly encendieron el ENIAC en la Universidad de Pennsylvania, se acercó un colega aprovechado y les dijo:
- ¡Anda! ¡Qué buena pinta! ¿Por qué no me miráis la máquina de escribir de mi despacho, que no me escribe bien la "J"?...
Y los muy tontorrones, fueron y le arreglaron la "J", y así empezó a torcerse todo desde el principio.
De todos modos, la culpa la tiene el gremio entero, que sesenta y pico años más tarde, no hemos sido capaces de quitarnos el cartel de Mi tiempo no vale nada, haz uso de él a placer.
También es cierto que hay algunos individuos que es mejor que dediquen el tiempo a formatear el PC del vecino o arreglar el temporizador del dichoso horno, antes que quedarse solitos en casa.
Me viene a la mente el caso de Jonás, aquel compañero de universidad que dedicaba, infaliblemente, los viernes noche a ver la película porno del plus - codificada, claro está -, mientras escuchaba de fondo el sonido de un juego de Spectrum en cinta en su radiocasete de doble pletina.
Aunque bien pensado, seguro que de conocer la afición de Jonás, la gente se lo pensaría dos veces antes de dejarle poner las manos encima del flamante teclado inalámbrico de su nuevo ordenador...

lunes, 17 de octubre de 2011

Me ha pillado el toro

Me ha pillado el toro. Me di cuenta el otro día, cuando un viejo amigo, fontanero de profesión, me pidió que le recomendase alguna agencia con experiencia en SEO, para mejorar el posicionamiento de su web personal.
- ¡Coño Esteban! - pensé para mis adentros -, tú ni siquiera tienes web personal.
Y es que efectivamente, en muy poco tiempo las cosas han cambiado muy deprisa. De pronto imagino cómo se sentiría mi señora madre oyéndome hablar, no hace muchos años, de los chats, los emails y demás artefactos tecnológicos.
Lo más triste es que un servidor debiera estar metido en materia dada mi profesión - en la que prefiero no abundar en detalles, pero que gira en torno a las nuevas tecnologías -, pero resulta que no tengo perfil en Facebook ni en Tuenti, no tengo ficheros subidos a La Famosa Nube, y como mucho me limito a colgar alguna que otra foto a Flickr.
Me di cuenta de que era hora de dar un golpe en la mesa. No, no voy a crear un perfil en Facebook porque creo que es un poco rollo, pero sí que voy a tener mi página personal, esta misma que ahora lees, donde incluiré reflexiones y experiencias de mi día a día. Bueno, quizá no sea un golpe en la mesa, dejémoslo en golpecito...